lunes, 15 de junio de 2015

Nuevo trabajo. Cerca de ti (Roni Green) Fragmento III

SINOPSIS:
Marcos vive su aparentemente tranquila vida siendo pastelero en su pueblo natal. Después de la muerte de su abuela heredó el negocio en el que había aprendido un oficio con el que disfrutaba poniendo su granito de azúcar para hacer feliz a la gente.
La esquiva felicidad que tantas veces se le había escapado entre los dedos, con una familia destruida por el alcohol y los maltratos, el fallecimiento de su madre y la huida de su hermano mayor junto al chico del que había estado enamorado desde su adolescencia. Ahora, tomando las riendas de su propia vida, fuera del yugo opresivo de su padre alcohólico y sintiéndose libre por fin, tiene que enfrentarse al hombre del que ha estado siempre enamorado cuando aparece después de tantos años en la puerta de su negocio, y cuestionarse si es amor o solo un capricho lo que siente por él.
¿Por qué ha vuelto Daniel Román al pueblo? Marcos no está seguro de sus intenciones, pero de lo que está seguro es de que no le está contando toda la verdad.
La llegada de Daniel Román al pueblo agita un avispero que pone en el punto de mira a Marcos. Su padre no está contento con el visitante y el hombre tiene mucho que esconder. Mucho más de lo que piensa Marcos.
Daniel y Marcos tendrán que poner en orden sus vidas si quieren volver a ser felices, aunque eso implique vivir esas vidas por separado.

PROTAGONISTAS:

Marcos Cubero
Daniel Román

SECUNDARIOS:

Javier Cubero
Francisco Cubero
Natalia
Virginia Gavela

FRAGMENTO:
Al salir detrás de Marga, escuchó a Rosy que le llamaba tirano, y sonrió con cariño. Probablemente ella asomaría su cabeza por la puerta en cuanto tuviera ocasión.
Cuando entró a la tienda por detrás del mostrador, lo primero que vio fue que estaba vacía, solo podía ver la silueta de una persona recortada contra el escaparate delantero. Eso lo tranquilizó, no quería que nadie le observara mientras saludaba a Daniel. Se quedó unos segundos mirando, pero se sobresaltó cuando escuchó la voz de Marga.
—Abogado, aquí le traigo al dueño. Espero que él pueda ayudarlo mejor que yo —dijo la mujer, con un poco de retintín.
Al escucharla hablar Daniel se giró, inclinó hacia un costado la cabeza y sonrió de medio lado. Marcos fue a dar un paso adelante para acercarse y tender la mano para saludarle formalmente, pero esa sonrisa y la mirada que barrió de arriba abajo su cuerpo le quedó clavado en el sitio. Titubeó indeciso y dejó caer la mano que había extendido.
Daniel estaba magnífico. Llevaba traje y corbata y sobre éste, un abrigo tres cuartos de piel negra muy fina, con solapas anchas. En las manos sujetaba los guantes que se había quitado y una bufanda color burdeos. Fuera hacía frío.
En ese instante Marcos no supo cómo reaccionar. Delante de él se encontró a un completo desconocido, pero tan parecido al joven del que se había enamorado que estaba totalmente confundido. Sintió el impulso de acercarse y abrazarle con todas sus fuerzas. Y dejarse abrazar. Aunque pensó que eso no sería muy adecuado. Hacía demasiado tiempo que no se veían.
Daniel dejó de repasarlo con la mirada y mantuvo una pequeña sonrisa en su boca cuando carraspeó, finalmente. Se acercó un par de pasos él mismo con la intención de saludar a Marcos. En ese momento él reaccionó y se adelantó. Extendió de nuevo la mano frente a sí y frenó el avance de Daniel.
—¿Daniel Román, verdad? Eres el amigo de mi hermano Javier. Hace mucho tiempo que no te vemos por aquí —le dijo jovialmente. Daniel, cambió de expresión al recibir el saludo tan impersonal de Marcos, pero se recuperó enseguida y le siguió la corriente.
—Sí, hace tiempo. Casi no has cambiado.
—Sí, bueno —dijo, sin saber muy bien qué responder—. Dice Marga que necesitas una recomendación para comprar alguna de nuestras delicias —continuó algo incómodo.
—Eso también —contestó Daniel—. Pero la verdad es que tenía que verte —dijo en voz más baja.
—¿Has estado por aquí más de tres meses y ahora tenías que verme? —Marcos no pudo evitar el tono de reproche con el que formuló la pregunta, y vio claramente en la expresión de Daniel que se había dado perfecta cuenta. Pareció complacido con la reacción
—Lo siento he estado… —antes de que pudiera continuar, las campanillas en lo alto de la entrada se escucharon y la puerta de la pastelería se abrió, dejando pasar a una pareja joven con un carrito de bebé, seguidos de una señora mayor.
Marcos sonrió y saludó a los recién llegados e hizo una señal a Marga para que los atendiera directamente. Al girarse vio por el rabillo de su ojo la cabeza de Rosy asomándose por la puerta detrás del mostrador. Cogió la oportunidad al vuelo. No quería escuchar las excusas de Daniel.
—Rosy, ven aquí, anda acércate —la joven trotó encantada y se colocó cerca de los dos hombres—. Te quiero presentar a uno de los mejores amigos de mi hermano. Él es Daniel. Daniel, ella es Rosy, mi aprendiz aquí en la pastelería, sin ella no podría hacer nada. Es la mejor haciendo bizcochos.
Rosy quedó encantada con los elogios de su jefe, se la veía feliz y sonrojada. Extendió su mano para saludar a Daniel y éste se acercó un paso, sorprendiéndola al inclinarse y darle dos besos en las mejillas.
—Bueno, es un placer Rosy. Veo que además de encantadora tienes talento. No creo que Marcos diga esas cosas por decir.
—Oh, ¡gracias!, está exagerando un poco, aún estoy aprendiendo, pero me encanta trabajar aquí.
Daniel le sonrió cálidamente y cruzó sus brazos sobre el pecho para continuar con la conversación.
—Todavía eres joven, pero seguro que algún día superarás al maestro.
Marcos se quedó observando el intercambio de palabras. Se dio cuenta que Daniel era sincero y atento con Rosy, hablaba con ella de forma cercana y tenía toda su atención puesta en la chica, haciéndola sentirse especial. Él recordaba perfectamente ese sentimiento.
—Nos dijo Marga que no sabías muy bien qué es lo que te querías llevar. ¿Es para algún evento especial? Si quieres puedo aconsejarte —titubeó un segundo mirando a Marcos—. Si tú quieres, jefe.
—Sí. Adelante, no hay problema, seguro que tú le vas a aconsejar mejor que yo.
Marcos miró a Daniel y le hizo un gesto para que siguiera a Rosy. Éste le devolvió la mirada con intensidad y al pasar junto a él para ir detrás de la muchacha, le susurró para que nadie más le escuchara:
—No te escapes. Quiero hablar contigo.
Antes de darse cuenta Marcos había agarrado el brazo de Daniel y lo retuvo unos segundos a su lado.
—No hay nada de lo que hablar —le dijo tranquilamente—, solo vete por tu lado y yo iré por el mío.
Cuando Marcos le soltó Daniel se le quedó mirando, al parecer un poco sorprendido por su respuesta. Entonces le sonrió mirándole de arriba abajo y antes de seguir a Rosy le dijo:
—Me parce que no.
Marcos se quedó observando cómo su aprendiz le hablaba a Daniel de las delicias que tenían en la tienda, y cómo el hombre atendía con paciencia a todo lo que le explicaba la chica, mientras le preparaba una pequeña bandejita con pasteles. El corazón le iba a mil por hora. Se sentía como un tonto por haberle hablado así a Daniel, ni siquiera sabía de qué era de lo que quería hablar con él. Probablemente fuera algo relacionado con su hermano. Y él había dado una impresión equivocada. No le extrañaba que Daniel se hubiera reído en su cara.
Echando un último vistazo a lo que ocurría en la tienda, decidió que era mejor ocuparse de su trabajo y olvidarse de lo que estaba pasando allí. Entró al obrador y se dirigió directamente al horno, entonces comprobó que la última tanda de bizcochos para tartas estuviera a punto. Aún faltaban unos minutos para tenerlos listos. En la zona de trabajo Rosy ya había empezado a montar las bases de las tartas para ese día, se acercó y revisó en la tabla de pedidos los encargos. Tenían dos tartas de cumpleaños y una de aniversario de bodas. Esa la recogerían antes de cerrar a las dos, el pedido era para fuera del pueblo. Sin pensarlo mucho se puso a la tarea de prepararlas. Le gustaba mucho esa parte, y más cuando los destinatarios eran gente que conocía y apreciaba. Se movió arriba y abajo juntando los ingredientes para elaborar la decoración, quería empezar por el pedido de la boda porque era mucho más elaborado y le llevaría más tiempo. Se acercó al fregadero y se lavó bien las manos antes de empezar a trabajar de lleno.
Pasó junto a la puerta de atrás y se sorprendió intentando escuchar la voz de Daniel en la tienda. Al parecer habían entrado más personas porque solo logró captar una cacofonía indefinida de voces. Volvió a su puesto pensando en lo tonto que podía llegar a ser. Era una bobada anhelar a alguien al que apenas conocía, aunque hubieran vivido en el mismo pueblo cuando eran niños, Daniel siempre había sido amigo de su hermano y él, como era normal, solo los seguía donde fuera que estuvieran, cuando le dejaban.
Al enterarse que Daniel Román había venido a instalarse en el pueblo como abogado de empresa, Marcos había esperado verlo en seguida, su hermano no le había comentado nada, pero pensaba que Daniel se pasaría a saludarle en cuanto tuviera un momento. Tres meses habían pasado y el abogado no había asomado su cabeza por allí. Entonces terminó por convencerse que probablemente Daniel ni siquiera se acordaba de él. No entendía por qué ahora se aparecía por allí queriendo hablar. Después de doce años el hombre que se encontraba en esos momentos en su pastelería probablemente poco tenía que ver con el chico que le había dado su primer beso.
En ese tiempo las cosas en casa ya estaban muy mal. Su padre se pasaba los días intentando sacar adelante el negocio del bar sin hacer muy evidente que se bebía casi todas las ganancias que salían de allí. Pasaba los días ebrio rodeado de «amistades» que solo obtenían  beneficio de estar con su padre consumiendo y haciendo gasto en el bar gratis. Su hermano Javier se revelaba continuamente contra esa situación y sufría los abusos físicos y verbales por parte de su padre. No ayudó para nada que cuando Javier cumplió dieciséis años le gritara en la cara a su padre que era gay.
Francisco  contestó a su hermano golpeándole hasta cansarse. Lo dejó tirado en el patio de la casa y fue Marcos el que le ayudo y cuidó durante los siguientes días. Javier ni siquiera quería que se lo contara a su abuela Ángela, decía que no quería que ella sufriera y se metiera en problemas por él, así que fue Marcos el que se ocupó de todo.
Cuando las cosas estaban más tranquilas Javier se pasaba el tiempo en las casas de sus amigos o estudiando en cualquier otro sitio fuera del alcance de su padre. Marcos en cambio prefería pasar su tiempo en la casa de su abuela y en la pastelería. Pero su rutina cambió un día, cuando tenía catorce años. Él siempre había conocido a los amigos de su hermano, al fin y al cabo todos eran del pueblo e iban al mismo colegio, aunque fueran a distintos cursos. Pero los tres años de diferencia que le separaban de Javier a veces eran muchos años y normalmente no solía salir ni relacionarse con los amigos de su hermano.
Marcos conocía a Daniel, como solía decirse, de hola y adiós. Sabía que era el hijo de una de las profesoras del instituto y que su padre era el director del Banco del pueblo. Y por las conversaciones que había escuchado a su hermano, sabía que también era gay. Javier y Daniel siempre estaban juntos, estudiaban juntos y salían juntos. Marcos asumió por esa razón que los dos eran novios. Él no sabía muy bien cómo funcionaban las cosas entre chicos, pero percibió que ellos dos tenían algo especial.
Eso le hizo sentirse muy mal, porque en ese entonces se dio cuenta de que se había enamorado de Daniel.
No se preocupó demasiado al descubrir que le gustaban los chicos y no las chicas. Él nunca se había fijado en las niñas de su clase, aunque tampoco se había fijado en ningún chico en especial. Simplemente esas cosas no le interesaban. Pero poco a poco se encontró pensando cada vez más en el mejor amigo de su hermano. En cuándo podría volver a hablar con él. En si le traería ese juego que le había prometido prestarle.
Se ponía nervioso cuando hablaba con Daniel y sentía que enrojecía cuando el chico le elogiaba por algo. También se daba cuenta de la atracción que despertaba Daniel en las personas a su alrededor. Las chicas lo rodeaban constantemente, se notaba que preferían estar con él que con cualquier otro. Y el resto de chicos le seguían como un líder, le consultaban e incluso buscaban su aprobación. El grupo de chicos y chicas giraba en torno a él. Su personalidad y su carisma estaban marcados en sus acciones y en su forma de ser. Era guapo, inteligente, con la justa arrogancia adolescente y era fiel a sus amigos.
Y Marcos le adoraba en secreto.
Durante más de un año hizo todo lo que estuvo en sus manos para pasar el mayor tiempo posible con su hermano y sus amigos. Javier siempre había aceptado con gracia que su hermano pequeño quisiera seguirle a todas partes y le trataba como uno más de sus amigos. Marcos y alguno de sus compañeros de curso se unieron al grupo de Javier y Daniel como regulares en las salidas que hacían. Aunque eran tres años más pequeños los padres de sus amigos no se quejaban cuando tardaban un poco más en llegar a casa porque sabían que estaban con los mayores y que cuidarían de ellos.
Solo había que pedir permiso cuando salían de Sierra a otro pueblo cercano, pero normalmente no había problemas. Javier y Marcos no tenían preocupaciones sobre eso. Su padre casi no les prestaba atención, incluso muchas noches no las pasaba en casa. De cualquier forma, Javier había aprendido a ser independiente y por parte de Marcos a la única que tenía que pedir permisos era a su abuela Ángela.
El final del verano de sus quince años parecía estar llegando demasiado pronto para Marcos. Había empezado sintiendo que todos en el grupo le veían como el hermano pequeño de Javier, ahora disfrutaba por sí mismo de su propio estatus en el grupo. Marcos era muy abierto y extrovertido, le gustaba hacer deporte y era inteligente. No se cortaba a la hora de hablar con las chicas, y los chicos le llamaban para que fuera a jugar un partido de futbol con ellos, independientemente de que fuera su hermano o no. Sentía que encajaba y no tenía problemas con nadie.
Solo se sentía mal cuando veía la relación que tenían Javier y Dani. Él nunca les había visto besarse o hacer algo entre ellos, pero siempre estaban pasando su tiempo juntos. Se abrazaban mucho, se empujaban y se apoyaban uno en el otro. Pensándolo bien no tenía nada de especial, pero Marcos sabía que muchas veces Javier se había quedado a dormir en casa de Dani, y seguramente dos chicos que tenían una relación no jugarían a las cartas por la noche cuando  tenían una cama disponible en el cuarto.
Marcos sentía celos del tiempo que pasaba su hermano con Daniel y se imaginaba lo que haría si tuviera la oportunidad de estar a solas con el chico que le gustaba. Le abrazaría. Le besaría. Lo cierto era que se conformaría con tan solo mirarle. Era tonto pero cada vez le costaba más esfuerzo disimular la atracción que sentía por el que creía era el novio de su hermano. Se excitaba todo el tiempo y tenía que buscar un sitio aislado y discreto para masturbarse. Cuando lo hacía le gustaba imaginarse que Dani le acariciaba o le chupaba en su fantasía. Se estaba volviendo loco y apenas podía sobrellevar la situación, así que había decidido buscar una salida a toda esa presión que sentía últimamente.
Marcos no conocía a ningún otro chico gay, que él supiera, pero sabía que su hermano había estado con gente de los alrededores cuando se juntaban en grupos y salían con otros chicos y chicas de los pueblos cercanos. En la comarca no había ningún sitio de ocio donde juntarse y salir con otros chicos gais, así que la mejor opción era ir a bares o discotecas concurridas de la zona  e intentar ligar lo más discretamente posible. Él solo había salido un par de veces con su hermano y sus amigos a uno de esos sitios. Javier le había colado en el local tan solo diciéndole al portero que era su hermano. Marcos recordaba al hombre joven que le había mirado de arriba abajo con algo de condescendencia en la mirada y una sonrisa burlona en la boca. Pero no había puesto ninguna pega a que él entrara acompañado de Javier.
Esa tarde de finales de verano, mientras su hermano y Daniel estaban pasando el día con unos amigos en un pueblo cercano, Marcos decidió buscarse la vida y salir por ahí para intentar conseguir a alguien que le ayudara con su problema. Al fin y al cabo ya era un hombre hecho y derecho, no necesitaba estar siempre bajo el ala protectora de su hermano. Hacía ya varios años que había hablado con Javier sobre sus inclinaciones sexuales. Al principio, sorprendentemente, su hermano se había molestado con él. Javier pensó que como cualquier hermano pequeño solo quería hacer todo lo que él hacía, y que solo estaba confundido. Le dijo que por ser hermanos no tenían por qué ser los dos iguales.
En aquel momento el rechazo que sintió por parte de su hermano le dejó más que nada confundido y desorientado. ¿Por qué su hermano podía ser gay y él no? ¿Por qué lo suyo estaba mal? Él siempre se había sentido igual con respecto a lo que sentía por los chicos, y no sentía por las chicas. Marcos se enteró que su hermano era gay cuando tenía doce años y Javier quince. Su abuela los había llevado con ella a la celebración de la primera comunión de la nieta de una amiga suya muy querida, en un pueblo del sur de Madrid. Después de la misa y el banquete la gente se dispersó en corrillos para relacionarse y charlar. La finca donde se ha­bía celebrado la reunión era muy grande y estaba llena de árboles y lugares donde los niños podían jugar. Marcos se unió al grupo más grande de niños y niñas que estaban jugando al pilla pilla y al escondite, hacía tiempo que había perdido de vista a su hermano y simplemente estaba pasándoselo bien con un montón de amigos nuevos.
A última hora de la tarde, cuando ya estaba tan ebrio de diversión que deseaba que el día no acabara nunca, Marcos descubrió a su hermano mayor dentro de una caseta de aperos en medio de una arboleda, besándose con un chico.
Su intención había sido encontrar el mejor escondite posible para poder ganar el juego, ya le había echado el ojo a la caseta, que se encontraba algo alejada de la zona que estaban utilizando todos para esconderse mientras jugaban, a él no le importaba escabullirse hasta allí, aunque la oscuridad ya fuera patente a esas horas, y casi nadie se atreviera a ir hasta allí, a Marcos no le daba miedo esas cosas y por encima de todo quería ganar esa ronda. Así que en cuanto el que se la quedaba en ese momento empezó a contar hasta cien, él echó a correr entre los árboles hasta llegar a la angosta caseta que estaba a lo lejos. Se dio cuenta que nadie se unió a él en la carrera así que pensó que sería más fácil pasar inadvertido en el juego. Marcos dio la vuelta hasta la parte de atrás y se parapetó allí escudriñando de vez en cuando para ver si la búsqueda había comenzado ya.
Cuando escuchó un ruido sordo viniendo de dentro de la caseta se sobresaltó pensando que podría haber algún tipo de animal haciendo de las suyas. Se apartó un poco quitando su atención del juego que se estaba desarrollando más adelante y buscó, escuchando con atención los sonidos, algún sitio por el que poder ver dentro sin revelar la posición de su escondite. Al moverse por la parte de atrás descubrió una abolladura y un agujero estrecho en uno de los lados de la caseta. Intentó mirar por él, entonces sintió a alguien gemir en el interior. Marcos se sonrojó, pensando que había pillado a alguno de los adultos haciendo sus cosas allí.
La curiosidad le pudo y sonriendo con picardía agudizó el oído e intentó echar otro vistazo por el agujero. Escudriñó hasta encontrar un bulto grande que se movía en la esquina opuesta a la que se encontraba él. La pareja estaba abrazada, un chico estaba sentado de frente a él sobre lo que parecía un bidón de algo, entre sus piernas había otra persona que tenía sus brazos rodeando el cuello del otro. Al principio no podía explicarse lo que estaba viendo. Resultó que las dos personas que se besaban en el interior de la caseta eran dos hombres, ambos tenían el pelo corto e iban vestidos con vaqueros y camisas. La imagen le sorprendió y le excitó a la vez. Eso era lo que él quería, lo que siempre había anhelado, a otro chico. Pero casi se cae de culo al suelo al darse cuenta que el chico sentado en el bidón al que le rodeaba el cuello otro chico era su hermano mayor. Su hermano Javier era como él, era gay, y nunca se lo había dicho.
Después de ese día Marcos le dio muchas vueltas a la cabeza, pensando y cuestionándose todo lo que sabía sobre su hermano mayor y cómo se sentía al respecto. Durante semanas no habló sobre ello con Javier. No se atrevía a contárselo y tampoco sabía cómo decirle que lo sabía. ¿Era necesario dejar esas cosas claras entre ellos? ¿El resto de sus amigos lo sabían? ¿Les importaba? Marcos no notaba nada diferente en su hermano, no se comportaba de manera extraña y parecía que todo seguía como siempre. La sensación que tuvo durante esos días era que nadie de su entorno, ni los otros chicos, ni sus amigos sabían que Javier era gay. El único que había cambiado en algo era él y la percepción que ahora tenía sobre su hermano mayor.
Semanas después de su descubrimiento en la caseta de los aperos Marcos seguía, como hacía últimamente, muy pendiente de su hermano. Había pasado mucho tiempo intentando averiguar si Javier tenía un novio o si es que le gustaba algún chico. El que se besó en la fiesta con él no era del pueblo, por lo tanto ese estaba descartado, pero Marcos sospechaba que había alguien que le gustaba porque de vez en cuando Javier se escabullía sin que nadie se diera cuanta, incluso él le perdía de vista, y no volvía a casa hasta después de un par de horas.
Ese día, ya por la tarde, muchos chicos del pueblo estaban reunidos en la plaza arremolinados en grupos, unos jugando al futbol, otros más pequeños a los cromos. Marcos estaba sentado en uno de los bancos que rodeaban la plaza viendo jugar a su hermano, él acababa de terminar su partido y estaba descansando, con la camiseta empapada de sudor y la garganta seca, deseando poder beber un poco de agua.  El partido estaba siendo bastante competitivo, los dos equipos estaban empatados y ninguno quería perder. Marcos observó el juego del equipo de su hermano, una jugada que arrancó en propia área se desarrolló entre pase y pase, avanzando por el campo, el delantero, un chico moreno, ágil, con piernas largas y torso recio, corrió con el balón pegado a los pies seguido por sus compañeros de equipo y adversarios, hasta encarar la portería y con un potente chute marcó un gol espectacular. El chico salió corriendo hasta la banda seguido de sus compañeros para festejar su hazaña. Una montonera de cuerpos se creó, uno encima del otro, emulando las celebraciones épicas de los grandes equipos. Cuando uno a uno los chicos se fueron retirando, solo quedaron abrazados y felices palmeándose la espalda y vitoreando, Javier y Nando, el goleador, uno de los chicos más mayores del grupo. A simple vista nada parecía extraño, solo el júbilo de dos chicos disfrutando del deporte amistoso, pero Marcos quiso ver algo más. Una caricia más cariñosa, una palmada prolongada. O una sonrisa más misteriosa, cómplice. ¿Sería él?
Después del partido todos empezaron a dispersarse para ir a casa a cenar. Marcos trotaba detrás de la bicicleta de su hermano que pedaleaba con parsimonia para no alejarse demasiado de él. ¿Qué debería hacer? ¿Debería contarle a Javier lo que había descubierto sobre él? No quería que su hermano se enfadara pero tenía un montón de preguntas que se habían ido acumulando todos esos días y ya tenía la sensación de que iba a explotar de un momento a otro.
Su hermano se paró en uno de los cruces más transitados de pueblo, justo antes de llegar a su casa. Apoyó un pie en el suelo y se cruzó de brazos esperando a que una fila de cuatro coches cruzaran la calle. Si existía un momento ideal para preguntarle a un hermano mayor si era gay o no, Marcos no sabía cuál podría ser, tan solo se le ocurrió que ese era tan bueno como cualquier otro. Así que se puso a su altura, verificó que no hubiera nadie cerca que pudiera escuchar su conversación y con aire conspirativo le preguntó a Javier:
—¿Te gusta Nando?
—¿Ummm? —contestó distraído Javier.
—¿Qué si te gusta Nando? —insistió Marcos, susurrando un poco más alto.
Javier le miró de lado distraídamente y volvió a fijar la vista sobre la fila de coches.
—Pues sí. El tío juega bien, si no es por él perdemos el partido.
—¡No! Digo que si es tu novio.
Ahora sí, Marcos captó toda la atención de su hermano.
—¡Joder! ¿Qué dices capullo? —masculló Javier, con un retintín amenazante característico de los hermanos.
—No te enfades. Solo digo que si es tu novio. Te vi el otro día con un chico. Estabas dentro de una caseta y os estabais besando. No digo nada, a mí no me importa, también me gustan los chicos ¿Sabes? No pasa nada ¿No? Así somos iguales y no tienes que mentirme cuando vayas a ver a tu novio o lo que sea ¿Sabes?
—¡Cállate! Solo estás diciendo tonterías. ¿A quién se lo has contado Marcos?
Javier se inclinó sobre su bicicleta y agarró la pechera de la camiseta de su hermano pequeño, zarandeándolo con vehemencia. Marcos se asustó, su hermano parecía enfadado y nervioso. Él no había querido hacer sentir mal a Javier, solo había deseado compartir algo importante para él y así no sentirse tan perdido.
—No se lo he dicho a nadie, de verdad. ¡Te lo juro!
—¿Por qué tienes que ser tan fisgón Marcos? Siempre estás detrás molestando y luego pasa lo que pasa. No es asunto tuyo ¿sabes?
—Pero yo no se lo he dicho a nadie. ¿A quién se lo voy a decir?
—¡A papá!
—¡Qué no! ¿Cómo se lo voy a contar a él? ¿Qué quieres que nos dé una paliza?
—¡La paliza me la daría a mí!
—Pero a mí también me gustan los chicos ¿No te lo he dicho ya?
—¿Por qué dices tantas tonterías? Tú solo estás otra vez siguiéndome a todos los sitios y haciendo todo lo que yo hago.
—¡Eso es mentira! A mí ya me gustaban los chicos antes de que te viera el otro día en la caseta.
Javier se quedó mirando a Marcos que tenía el ceño fruncido y las mejilla sonrojadas.
—Solo eres un crío Marcos.
—¡Y tú! —solo atinó a contestar Marcos.
—Lo que sea. Me da igual, imítame o haz lo que te dé la gana, pero no hables de esto con nadie, ¿me oyes? Nadie.
—¿Y la abuela?
—No.
—¿Y de lo mío?
—¿Qué quieres, meterte en un lío? Vivimos en un pueblo Marcos, si alguien te escucha decir esas tonterías de que te gustan los chicos, primero se van a reír de ti, y luego, probablemente, te pasaras un buen tiempo aguantando bromas pesadas de todo el mundo.
—¿Y tú? ¿A ti sí te pueden gustar los chicos?
—Yo sé cuidarme solo, y no se me ocurre ir pregonando por ahí esas cosas, so tonto.
Javier suavizó el insulto palmeando la nuca de su hermano y dedicándole una sonrisa.
Esa tarde Marcos comprendió que los hermanos mayores podían ser muy complicados… Y algo tontos. Marcos hizo caso de los consejos de Javier y fue muy prudente con las cosas que decía. Más adelante se dio cuenta que aunque en ese primer momento Javier descartó su confesión como algo superficial que no iba a ir a ninguna parte, su hermano mayor puso más interés en él, y en los meses que siguieron hasta le hizo alguna broma al respecto cuando no había nadie que los escuchara. A partir de entonces Javier se quejó menos cuando Marcos le seguía a todas partes e incluso de vez en cuando le avisaba de que iba a salir  con alguien en un momento dado, aunque nunca le dijo con quién lo hacía. 

3 comentarios:

  1. Holaa Roni!!! muchas gracias por el nuevooo fragmentooo!!! me encantaaa!!!!

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  2. Hola!! Muy bueno, gracias por compartir. Besos.

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